GAIA EN CUARENTENA

Aceptemos por un momento la teoría Gaia que dice que la tierra es un ser vivo,  y que ese ser vivo se cansó de una plaga que le está haciendo daño desde hace más de 6.000 años.

Al principio le pareció hasta graciosa la aparición de una nueva especie que evolucionó de un primate y que poco a poco comenzó a cambiar algunas cosas que no le parecían tan cómodas. Sintió frío, sintió hambre, no soportaba la lluvia o el calor y fue haciendo cambios en su entorno para estar mejor. A la Tierra eso no le molestaba, al contrario le parecía curiosa la forma de comportarse de esa nueva especie.

Pero la cosa no paró ahí, los nuevos inquilinos comenzaron a mostrar otras conductas que no eran tan aceptables, se reproducían con rapidez y se sentían superiores a las demás especies con las que debían cohabitar e incluso se empezaron a enfrentar con sus congéneres.

Gaia como una madre, tuvo paciencia y se sentó a observar con atención cómo evolucionaba la conducta de sus nuevos hijos y como todas las madres, fue condescendiente, perdonaba y guardaba la esperanza de que corrigieran se actitud y aprendieran de sus propios errores.

Los nuevos hijos no cambiaban y por el contrario se tornaban cada vez más irreverentes, no conocían el respeto por su hogar, ni por las otras especies con las que compartían. Tampoco aceptaban los límites y convirtieron en reto luchar contra las reglas de la naturaleza y cambiarlo todo a su acomodo.

Descubrieron que podían hacer casi todo lo que se proponían y hacer posibles cosas que no les eran permitidas. No podían volar como los pájaros y lo lograron, no podían nadar ni cruzar los mares y ríos como los peces y lo pudieron hacer.

Por alguna razón se sentían superiores a las demás especies y lucharon hasta dominarlas o llevarlas a la extinción y no contentos con someter a los animales, arremetieron contra los árboles y hasta movieron montañas y ríos para construir sus casas con todas las cosas que consideraban necesarias para estar cómodos.

Gula, codicia, avaricia y un ego enorme, además de un instinto de autodestrucción eran las principales características de los nuevos hijos de Gaia.

No había nada que los detuviera y muy pronto descubrieron que aunque todos tuvieron el mismo origen, tenían muchas diferencias de opinión sobre cómo dominar el mundo y como malos ladrones, empezaron a pelear entre ellos mismos de una forma tan descarnada, que perdieron los escrúpulos y la muerte de su prójimo les pareció algo con lo que podían lidiar, con tal de lograr sus propósitos.

Todo esto pasaba en 6.000 años humanos, que para la Tierra era menos de cuarenta días, tiempo suficiente para evaluar que tan mala era la aparición de esa nueva especie. La Tierra experimentó síntomas muy molestos, tuvo que sentir que la taladraban hasta lo más profundo de sus entrañas para sacarle el carbón, el petróleo, los minerales, el oro y muchos otros elementos que hacían parte de su organismo y para colmo los transformaban en gases tóxicos, que la hacían respirar con dificultad.

Gaia ya había tenido antes plagas parecidas, este era un nuevo virus, y sabía cómo solucionar el problema. El antídoto era fuerte, como cuando tuvo que aplicar las glaciaciones y hasta recibir un meteorito, pero no había más remedio, tocaba vacunarse contra el virus, antes de que acabase con ella.

Este nuevo virus parecía más dañino y seguramente el antibiótico tendrían que ser más fuerte.

La Tierra en esos escasos 40 días había sufrido mucho, los daños tal vez serían irreversibles; era necesario erradicar el bicho que la estaba carcomiendo.

Tenía la esperanza de que el virus se autodestruyera con ese instinto que mostraba de matarse a sí mismo, pero su ánimo depredador era superior, no tenía ningún respeto ni por el suelo que pisaba y era tan voraz que seguramente se autoextinguiría, pero la Tierra ya no podía esperar más, estaba muy dañaba y lo mejor era aplicar pronto el remedio.

Con el dolor de una madre, Gaia tenía que dejar ir a sus nuevos hijos, no eran buenos y no merecían estar en su seno. Intentó por todos los medios mostrarles el camino y aunque dentro de ellos algunos habían comprendido el privilegio de vivir en La Tierra, la cura tenía que ser general.

Antes de que se cumplieran los 40 días del tiempo de Gaia, los nuevos hijos tenían que desaparecer y los efectos del remedio iban a ser tan devastadores, como la depredación causada en los 6.000 años humanos de su paso por la Tierra.

Tan pronto Gaia aplicó la vacuna, se comenzaron a ver los efectos. Los nuevos hijos se refugiaron en sus casas y la naturaleza comenzó a tomar bocanadas de aire. Las otras especies que se habían condenado al autoexilio comenzaron a asomar sus narices en calles y campos, todavía heridos.

Los cielos se tornaron claros, las aguas recuperaron su color, los sonidos volvían a ser los mismos de antes y Gaia sentía un alivio que hacía tiempo no vivía.

Los nuevos hijos alcanzaron a ver todos esos cambios desde sus ventanas y por fin entendieron lo mal que se habían portado y el mal que habían causado y aunque hacían propósitos para enmendar sus actos, ya no había marcha atrás. La vacuna estaba haciendo efecto.

 

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